Ana Moreno
Desde hace más de ocho años formo parte del equipo de Nationale-Nederlanden España, y actualmente lidero el área de activos digitales. Mi misión es clara: diseñar experiencias digitales útiles, accesibles y centradas en las personas, que ayuden a nuestros usuarios a tomar decisiones informadas sobre su bienestar financiero.
Cada contenido que publico en este blog está pensado para aportar valor real. Me aseguro de que la información sea clara, actualizada y útil, con el objetivo de acompañarte en tus decisiones financieras de forma sencilla y transparente.
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El dinero no da la felicidad, ¿verdad universal o mito? Cada uno tendrá su propia respuesta y es posible que para evitar controversias se pusiera a esta expresión un apellido; porque será verdad que el dinero no da la felicidad, pero ayuda. Pocas cosas son blancas o negras y muchas de las creencias, de verdades que creemos universales sobre la forma en que debemos gestionar nuestro dinero, no son más que verdades a medias o, directamente, inventos.
Los planes de pensiones, en su condición de instrumento de ahorro para la jubilación, impiden a sus beneficiarios retirar el capital acumulado hasta el momento de su jubilación. Si bien la reforma fiscal ha abierto una ventana de liquidez a los diez años para que el titular pueda retirar parte de estos derechos consolidados, las condiciones para rescatar el plan de pensiones son circunstancias excepcionales muy específicas y se resumen en la incapacidad de la persona para generar ingresos por sí misma mediante su trabajo (por llegar el momento de la jubilación o una invalidez permanente, por ejemplo).
Ahora que muchos, convertidos en padres y madres, dan una segunda, tercera y hasta cuarta lectura a los cuentos clásicos se habrán dado cuenta que muchos de estos relatos enseñan algo más que lo obvio. Este es el caso de la historia de Pinocho. El cuento del niño de madera con el que aprendemos que mentir es malo, nos da también algunas pautas que deberíamos seguir a la hora de gestionar nuestro patrimonio desde niños. Por ejemplo, su encuentro con el gato y el zorro explica de forma creativa y sencilla la relación que existe entre el riesgo financiero y el rendimiento de las inversiones.
Los seguros están llenos de conceptos y aspectos que nacieron en la antigüedad y que, todavía hoy en día, se aplican de forma más o menos habitual en nuestra vida diaria. Allá por el año 3.000 a.C., los chinos empezaban a asegurar sus mercancías ante el temor de pérdida en los ríos inventando el concepto de seguro; más adelante, los babilonios formaron las primeras mutuas para proteger a sus mercaderes en sus travesías por el desierto. Y en esto de la historia, por supuesto, los griegos no se iban a quedar atrás y, por eso, inventaron el concepto de promedio general de los seguros.
Para tener a los mejores hay que dar lo mejor y, aunque parezca mentira, la excelencia no reside sólo en un buen sueldo. Hay otras formas de incentivar a los trabajadores más allá de un salario atractivo. Aquellas empresas que quieren retener talento ofrecen otro tipo de incentivos como formación continua, poder trabajar desde casa, guardería en el centro de trabajo... y algo poco común en nuestro país aunque cada vez más en auge: un seguro de jubilación.
Tener todos los seguros al día es importante para evitar que en caso de siniestro surjan sorpresas desagradables o malentendidos. Desde que se contrata una póliza, las circunstancias del contrato pueden haber cambiado y, por tanto, es posible que algunas cláusulas pactadas puedan hacer que el resultado en caso de siniestro sea diferente a lo esperado.
En determinadas ocasiones, nuestro historial personal nos dificulta el encontrar una compañía aseguradora dispuesta a asegurarnos en el mercado, lo cual nos dejaría en una situación difícil, especialmente si se trata de un seguro obligatorio: exponernos a una multa por parte de la Administración y no poder hacer nada porque no hay nadie dispuesto a asegurarnos. Entonces, ¿qué puede hacer una persona en estas circunstancias?
Ya ha llovido, y no poco, desde que la sal fuera utilizada como medio de pago. Quién sabe si dentro de no demasiado tiempo ocurrirá lo mismo con las monedas y los billetes que hoy engordan, alguno más que a otro, nuestras carteras. Internet y las nuevas tecnologías han cambiado nuestra sociedad; si hoy ya nadie utiliza una cabina de teléfonos, pocos compran un periódico o casi nadie escribe una carta, hay también ya países que han emprendido la carrera por suprimir el dinero en efectivo, como Dinamarca. Quienes están a favor de enterrar las monedas citan entre los beneficios que implicaría un control más efectivo del dinero, puesto que habrá menos dinero negro o descenderán los atracos; quienes se ponen en el otro lado de la balanza hablan de que crecerán los ciberdelitos y que se dejaría aún más al margen de la sociedad a los más desfavorecidos.
¿Comprar o no comprar? He ahí la cuestión. Esta pregunta, que nos podría asaltar ante el mostrador de cualquier supermercado, no difiere de la que nos planteamos cuando pensamos si aceptamos o no la oferta que nos hace una empresa para que compremos sus acciones. Dicho de un modo más técnico: cuando sopesamos si acudimos o no a una Oferta Pública de Venta (OPV).